El lenguaje de las Abejas (I)


No eran aún las siete de la mañana, pero la puntual pulcritud de Helena la hacía como siempre, esperar ensimismada en sus pensamientos la llegada del tren que como cada mañana la sacaba de “la colmena”, Helena vivía en una urbanización a modo de ciudad dormitorio, aunque ya habían pasado unos años parecía que todo se hubiera vuelto en contra de sus planes.

Había comprado un piso con su antiguo compañero, para vivir en un lugar apartado donde no tuvieran que vérselas con el mundanal ruido ni con la ingente necesidad de ser una pareja más entre la multitud, sin personalidad propia, sin tonalidad, sin color.

De este modo, conseguirían la paz necesaria, con la que disfrutar de sus paseos por los anchos bulevares construidos, a sabiendas que eran más las parejas jóvenes que se instalaban en “El Alba” -pues así se llamaba el barrio-.
En sus planes conjuntos, se encontraban puestas todas las ilusiones de este mundo, incluso se imaginaban entre bromas el ruido que haría la unión del espermatozoide más listo con el óvulo más hermoso, en las entrañas de Helena.

Ella podía trabajar desde casa, la abertura de los negocios a través de internet le había permitido, organizar varios portales de agencias inmobiliarias desde su casa, lo cual era – básicamente perfecto- tal como ella lo imaginó, con la independencia y la autonomía del trabajo, pero para que engañarnos, también con el tiempo para poder disfrutar de la tan ansiada maternidad.

Pero la vida le enseñó la cara amarga de la realidad, ni si quiera podía tener consciencia suficiente para saber como ocurrió, pero su pareja le engañaba, ¿con quién? ¿durante cuánto tiempo?. Esas eran preguntas de las que Helena no quería ni conocer la respuesta, no le importaba, no iban a ayudar ni a cicatrizar su dolor, ni su rabia, ni iban a revivir la melodía de la que ya conocía la partitura recitada en sus tripas.

Tras un tiempo tenso en que se vio forzada a cobijarse bajo las siempre aislantes paredes de sus padres, hizo acopio de las fuerzas que no tenía para volver a pisar la urbanización, que irónicamente resultó ser el ocaso de su antigua vida.

Era inevitable que las manos le temblaran sudorosas, que el llanto prorrumpiera, en sus gestos y su cara. Dejándose caer en la mitad de un salón, más vacío que nunca, desolada, se abrazaba incesamente así misma, dándose el cariño que nunca le iba a faltar, el amor de si misma.

Pasaron unos años, hasta la fecha de hoy, y Helena miraba distraída el panel que la protegía de la lluvia en el Anden, porque el repiqueteo continuo de las gotas contra el metacrilato no la permitían leer con tranquilidad. Se había hecho una gran lectora, y entre citas de Borges descubrió los poemas de Cernuda, los cuales jamás se habría imaginado tener en su repertorio.

Tal vez aludiendo a la sincronicidad de las casualidades, que si existen, no serán, más que la coincidencia significativa de dos o mas eventos de los cuales uno, al menos debe ser de naturaleza subjetiva, ¿cuál sería el de Helena?.

Por tanto pocas cosas podrían ser casuales, si intervenía la voluntad subjetiva de Helena, pero dejemos simplemente a la mera casualidad si existiese como causa de que Helena se encontrara inmersa en el denso mundo de Lajos Zilahy y “Las cárceles del alma”.
Cuántas han sido las cárceles que la habían hecho prisionera, pero una comenzaba a recuperarse más que las otras y era el brillo lascivo en sus ojos, derramado entre las lágrimas aquella noche.

Sinceramente Helena sabía que no debía coger el tren, es cierto que volvía a trabajar en el núcleo urbano, que la burbuja inmobiliaria explotó llevándose con ella los ajados restos de su antiguo yo.
Aprovechó la casualidad de haber conseguido la suficiente soltura con respecto a las nuevas tecnologías para sobresalir por encima del resto de candidatos a las nuevas ofertas, y su nuevo afán por la lectura, por el ensayismo de los aspectos Psicológicos de la conducta. La habían guiado a aceptar un puesto de secretaría en un gabinete de Psicología.
En el cuál se prepara para acceder a sus tiernos veintiséis años a la Universidad, y poder tener unos estudios superiores, algo que ni si quiera se había planteado jamás.

Pero en ese tren que no le hacía falta coger, pues disponía tanto de coche, como de aparcamiento para llegar, siempre encontraba como dejarse llevar por su pequeño divertimento, de observar a los demás, sus costumbres, sus manías, le resultaba divertido como la gente evitaba ser “cazada” mientras sus conductas se volvían éticamente incorrectas, ver a los adolescentes, mirar los escotes que no debían, las lenguas de algunas señoritas humedeciendo sus labios mientras pasaba algún joven de buen ver, la manera en la que algún descarado usaba el suelo como papelera cuidando hasta el detalle su subterfugio para no ser visto en tamaña hazaña.

Le encantaba imaginarse sus vidas, ¿viviría esa madre feliz con ese par de niños que no paran de gritar todo el trayecto? Si hubiera de juzgarlo sólo por lo que viera por supuesto que no, debían ser de las voces que más se oían en el vagón, pero ella tenía un don, era capaz de inferir sin apenas error tan sólo con la observación de sus conductas, el verdadero nivel de felicidad de la gente. Ya que aunque muchos lo creyeran no eran herméticos, eran estereotipos de “las colmenas” y todos interpretaban el “Lenguaje de las abejas” del cuál ella se conocía al dedillo las señales y entresijos.

Pero ese día de lluvia, alguien captó su atención por encima del resto de la gente, mientras ejercitaba su pasatiempo, encontró alguien novedoso, algo que por supuesto siempre era motivo de alegría, -un reto nuevo- que se decía a si misma.
Un alma más, encerrada entre los barrotes ocres del ladrillo de las “Colmenas”.
Pero había algo distinto en el chico, no sería mucho mayor que ella, con el pelo corto castaño revuelto con espuma. Era alto sobrepasaba el metro ochenta, pero no sabría distinguir si lo podría catalogar como asténico o atlético.
Si denotaba ejercicio físico, más de lo habitual en el común de la gente, pero no excesivo.

Su rostro era increiblemente sosegado, como el de aquel que vive en paz consigo mismo, su respiración era tranquila pausada, como si disfrutara de cada bocanada de aire que atravesaba su cuerpo hasta los pulmones, la saboreaba una vez dentro y luego le permitía escapar vacía de oxígeno para volver a inspirar otra vez aire nuevo.

Destacaba su ropa, pero no por lo llamativo si no por lo común, apenas unos zapatos “pelota”, principalmente cómodos, unos vaqueros desgastados a la piedra, de tonalidad oscura, muy poco alejados de lo clásico en su corte, un jersey verde oliva y debajo una camisa de cuello italiano color salmón.
Si que sabía lo que hacía ese chico, sabía escoger color era atrevida esa combinación, con el verde denotaba personalidad propia, amén de que el verde para Helena era más que un color, El verde es el color de la naturaleza y simboliza la vida, la frescura y es el símbolo del equilibrio y la armonía, representa la propia verdad y la paz interior, es el color del corazón, tranquiliza y equilibra. En cambio el color salmón era ese color híbrido entre la pureza de la feminidad del rosa y el atractivo fuego anaranjado.
Realmente esta vez, le había llamado la atención sobremanera esa combinación, sobre el regazo disponía escrupulosamente doblada una chaqueta larga negra de punto. Con un corte moderno, aunque bastante típico entre los clientes de las multinacionales últimamente. Y debajo de él había un zurrón de ante, desgastado ya por el roce y los años.
No era un hombre con una belleza comercial, aunque tenía su encanto y atractivo peculiar. Cada vez que movía las manos, incluso Helena palpaba la nostalgia a tres filas de asientos de distancia, mientras el posaba la palma contra la ventana del vagón y dejaba que resbalara unos centímetros mientras suspiraba.
Entonces su otra mano salió de debajo del abrigo y descubrió un libro, pero no era el libro en sí lo que podía llamar la atención, ya que era mucha gente la que aprovechaba los paseos del tren desde su hogar hasta su destino para satisfacer el placer de la lectura. Sino el hecho de que al ver la cubierta del libro, pudo adivinar que era uno de los libros que conformaban aquella colección que ella había heredado, la cual era incluso mayor que ella, pues era de 1979, le resultó gracioso, pues nunca antes había conocido a nadie que la tuviera, la edición no era la idónea para viajar en tren la verdad, pues era una colección de tapas duras, un poco más tosca de lo normal. Aunque eso no era todo, al darle la vuelta al libro, y observar las letras doradas del título incluso era el mismo “Las cárceles del alma”. Es probable que la lectura de tan ilustre Húngaro sea más propia del sexo femenino por lo bien que trata la esencia fémina en la fluidez de su pluma. Pero algo le encomendaba a saber que este chico, se encontraba también en la tesitura de poseer un alma encerrada por los barrotes de las experiencias pasadas, de los miedos y trastornos.

Durante todo el trayecto, así como ella era incapaz de dejar de observar con atención el devenir de la multitud, de sus peculiaridades y costumbres, este chico en ningún momento durante los casi tres cuartos de hora que dura el trayecto, había levantado la vista para cruzar su mirada ni con la de alguien, ni posarla sobre alguien. Tal como se sentó sin hacer ruido, ni un movimiento en falso, llegados al centro urbano, cargó en su mano su mochila de ante, su abrigo y se encaminó bajo la lluvia hacia el que fuera su destino diario.

Así los días fueron pasando mientras se acrecentaba en Helena la curiosidad, los días se arremolinaban a lo largo del calendario, llenando la hoguera con las hojas de los meses ya caducos. Y cada día este chico nuevo (ya no tan nuevo) que había llegado a su vagón, repetía el mismo comportamiento, algo que le había resultado extraño también fue que jamás le había sonado el teléfono durante los trayectos, nunca, ¿llevaría si quiera teléfono móvil?, para ella era impensable vivir sin su tecnología, sin su nuevo modelo que le permitía hacer y deshacer a su antojo por la red, aplacar la sed de curiosidad ante la duda puntual. Y en cambio jamás le había visto tender la mano hacía él.
En cambio el marcapáginas que usaba en el libro, avanzaba lentamente, lo que hacía suponer a Helena que este chico apenas leía (al menos este libro), durante el trayecto hacía la ciudad.

Puede que fuera la curiosidad del misterio lo que llamó la atención de Helena, el hecho de que fuera tan poco fuera de lo común, lo común y poco imprevisible de su comportamiento, pero no podía de dejar de mirarle, observando cautelosa sus movimientos, hasta que un día, no lo dudó un instante, pudo más su ansia de curiosidad que su habitual silencio para con los demás. Aprovechó que era festivo en las localidades cercanas, y que el vagón sería menos ruidoso y menos concurrido que en otras ocasiones y se sentó a su lado. Él apenas se inmutó, más que para recogerse un poco y dar a Helena mayor amplitud y comodidad. Pero ella, no se había sentado para estar callada, no había roto su rutina, para no hablar con él. Y así……..

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