«Entre Hojas Caídas»


Si cierro los ojos, me convierto en ese ser incapaz de escapar del vacío que me engulle. Un aire frío de la tarde acaricia mi rostro, mientras los recuerdos caen bajo mis pies como hojas ocres del otoño. A cada memoria le acompaña el crepitar mudo de las láminas y los nervios sin vida de la hoja seca.

Creo que estoy impregnado de la sensación de haber perdido algo que nunca había poseído. Me pregunto cómo es posible añorar con tanta intensidad aquello que jamás llegó a ser. En nuestra vida, cargamos con ausencias invisibles, sombras de posibilidades que se desvanecieron antes de existir.

Los faroles de mi mente proyectan sombras alargadas, y agazapado entre ellas vislumbro destellos de los pasados que no fueron. Sonrisas que no se cruzaron, palabras sordas que nadie dijo, caminos que no convergieron, oportunidades abandonadas en los rincones de un laberinto.

Sigo avanzando hacia delante. Sigue doliendo, y a cada pensamiento, el crujido de las hojas golpea mi memoria constantemente. Un repiqueteo que ahora suena roto y marchito. El eco del chasquido bombardea mis oídos, quedando suspendido en el viento que me susurra, mientras instala en mi pecho un lóbrego sentimiento.

He dado un paso más en mis sueños de otoño. Alzando la vista, veo un cielo que se tiñe de naranja y púrpura. El día va cediendo paso, y las sombras de mis faroles son más largas y profundas que nunca. La espiral de oscuridad eterna que las habita reclama mi atención. Me llaman, me acosan, me gritan, me embelesan y me piden que me una a sus fantasmas.

Me detengo un instante bajo las sombras púrpuras de mi quimera, mi otoño es casi invierno y escucho el murmullo lejano de una ciudad que se mezcla con los aullidos del viento. En mi invierno siento el peso de esa ausencia intangible de mi pasado.

Al abrir los ojos, la última hoja del invierno cae frente a mí. La tomo entre mis manos; es frágil y quebradiza. Sé que, como ella, algunas cosas están destinadas a ser efímeras, a existir solo por un momento antes de desaparecer para siempre. La dejo caer, y al tocar el suelo, crepita suavemente, consumando su breve existencia, como el último rescoldo de una hoguera que se apaga en la mañana.

Mientras tanto, mi viento aullante me convence: «Ya no quedan hojas, los árboles se estremecen de frío conmigo», me dice.

Continúo mi camino, aceptando que hay hojas que nunca volverán a ser verdes, historias que no podrán ser escritas y sentimientos que, aunque profundos, permanecerán enterrados. Sin embargo, desde el horizonte, me embriaga una ligera brisa que trae el aroma de flores que aún no han nacido y las risas de los días azules que están por venir. Quizás, después de este largo invierno, la primavera traiga consigo nuevos comienzos, y aquello que parecía perdido florezca con renovada vida. Y yo, por primera, vez sonrío pensando en la verde esperanza.

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