Caminos ¿inescrutables?


Esta noche, recorrí mi estantería, buscando cobijo entre páginas ocres y líneas absurdas, encontrándome con el pensamiento de un puñado de pensadores de entretiempo que me hubieron de acompañar a la vera de la mesa, entre sus existencialismos y dubitaciones, mientras yo seguía con la misma pregunta en la mano ¿Existe el amor verdadero? O, ¿sómos las víctimas de un pensamiento romanticista que nos evoca los efluvios de los amantes de Verona?.

 

Todos ellos en su saber y con mi experiencia en conjunción me demostraron que efectivamente ese amor NO existe más que en la literatura, en la poesía, en las artes y en la imaginaria mental de los idealistas.

 

Las razones que exponían eran perfectas en su ejecución sin fisuras ni grietas por las que filtrar mi esperanza, aquella que tantas veces gocé en mi imaginación y otras pocas en mi realidad de ficción, porque anoche de nuevo, la sentía junto a mi, mirándome fijamente, susurrándome palabras de amor al oído, incluso su febril y cálida respiración erizándome cada vello de mi cuerpo, bañando mis pupilas con el verde de las suyas, inhalando como aquella vez en el abismo que da al mar, un aire de esperanza, que ahora huele a melancolía, a desazón, que es pesado, y navega hiriéndome entre torso y espalda, flechazos ambiguos de amor y muerte, dolor y pena, nostalgia… al descubrir que no existen y no son, las conjeturas de pasión que yo le daba, más que eso, conjeturas irrealizadas, sueños inalcanzables.

 

Y dejé de leer, y comencé a escuchar sus voces y entender su razón, oía el sonido que emana, de los versos en silencio murmurados, los gritos inaudibles de la razón y la lógica, el cinísmo de la vida, la crueldad espolvoreada en las añejas páginas que releo, emociones, espantos, quebrantos alucinaciones, sangre derramada por los pliegues que deja mi alma, escondida y acobardada en un rincón, empujada, desoída, alborotada, herida, muerta….

 

No fue hasta que los pequeños trozos de amor estallaron contra el suelo, que me diera cuenta de mi error, de que mi siempre verde esperanza sigue existiendo, bella como siempre, y ahora inalcanzable como la nube que nos sobrevolaba.

Acallé uno a uno los versos, apagué las velas de su razón, y al final, la respuesta estaba clara, si la oscuridad no existe, pues es ausencia de luz, si el frío no existe pues no es más que ausencia de calor, el amor circunstancial no existe, es la mera ausencia del amor de verdad.

Con una sóla persona que lo haya vivido, ha demostrado su existencia, por tanto ese amor frugal, no es más que la huella que se deja en la travesía, un sendero a veces embarrado, solitario, complejo y acomplejado, difícil de seguir, pero al final, en el camino estamos y allí nos encontraremos, la “esperanza” nunca se ha de perder.

 

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