Cuando arrecia la tormenta


Lo primero que quise fue disfrutar de tus noches, y así soñé tan despacio que tú y yo soñábamos juntos bajo la cálida noche, que de tus manos brotaban mil caricias como estrellas, que tu sonrisa por eterna me miraba una vez más. Y que eran las sábanas verdes de la esperanza, con las que tú me tapabas a mi, y yo te correspondía feliz.

Juntos despertamos de este hipnótico trance al que me sometí, mientras mi mundo onírico se amarra fuerte al puerto por no dejarse llevar por la corriente de la realidad, el tiempo hace y deshace a su antojo mientras tanto, vuela y pasea sobre mi cama, sobre mis sábanas verdes, sobre mi almohada de plumas.
Es cruel, se acerca callado y traicionero, con su negro manto y su guadaña, ni le importa tu sueño, ni le importa mi sueño, y es su mirada del horror, su risa hueca la que paraliza mis sentidos, y entonces me siento torpe para hablar, demasiado cauto para actuar.

Y yo, y tan sólo yo, creo que sobre mi barco, mi puerto y el leve ancla que me sujeta, no cae la gaviota por querer volar sobre su nube, y alcanzarla, y asirla, y creerse a salvo del sucio mundo que ve bajo los ojos con los que otea desde la lejanía, sin saber, que esta risa hueca, que esta guadaña que a mi me llega, clava en ella su mirada.

Yo creía en el mundo mágico, en el conjuro que esta batalla que libramos el mar y yo, era nuestra, era tuya y mía, que era de los dos y que agarrarías junto a mi el nudo que sujeta mi bote, aunque para mi desgracia descubrí, que esta guerra es mía, y que yo no tengo fuerzas para coger sólo la cuerda que ya me quema las manos mientras se desliza hacia el ancho mar porque yo sólo no tengo fuerzas, y mis lágrimas son para ella como aceite, aumentando la celeridad con la que el daño me llega al corazón.

Recuerdo como en mis sueños vivíamos en la nave dorada donde ninguna tormenta torcía el rumbo que tomaba el timón si eran tus manos y las mías las que lo manejaban con fuerza y sin dilación.

Pero este negro manto que me persigue, esta guadaña que ahora veo, me enseña en el reflejo de su filo, que todo era una cruel broma, fabricada con su risa hueca, con su vacua esperanza verde, y que basta una leve ráfaga de viento para azotar ahora mi barco.

Y fueron tus hermosos ojos al cerrarse herméticos, los que me enseñaron con su destello, el paraíso que tu alma esconde. Esa es tú intimidad, esa es la que yo quiero abordar, y donde me encontré al intentarlo como un niño asustado al atisbar la enorme inmensidad en la que se esconde, tropecé y caí al vacío del negro abismo, donde nadan las palabras del cobarde y se escapan los alisios para el cauto navegante.

Quería que leyeras entre mis lágrimas las palabras,
Que encontraras entre los silencios mi utopía,
Que quisieras teñir mis sábanas de esperanza.

Y por eso te ofrezco la última llamada que mi velero puede dar, pues me encuentro desprovisto de toda confianza, porque los duelos y quebrantos, hacen que el ardor se pasee por mis callosas manos mientras el nudo se deshace y la cuerda se me escapa, mientras oigo más cerca la risa hueca, y noto la cercanía de la guadaña porque con su reflejo no me deja apenas ver más que un negro manto de soledad, de tú soledad y de mi soledad, de la última llamada por encontrar entre tus labios un fuego que nos de calor y compañía para pasar juntos navegando la tormenta de nuestra vida.

No te salves tú sola de este naufragio, llévame contigo.

2 comentarios sobre “Cuando arrecia la tormenta

  1. Enhorabuena Mirlow,
    Nos hacían falta tus historias, que finalmente regresan a dejarse leer en tu espacio.
    Fantástico sueño de un mundo mágico, al que nos atrapamos, todos, para salvarnos.
    Como siempre, estupendo relato.
    Gracias Mirlowe.
    😉

  2. Es que casi ni tengo tiempo, y como mi conexión al internet, es más bien escasa, pues lo poco que escribo me cuesta hasta publicarlo.

    Gracias por leerme 🙂

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